Por Natalia Alvarez, Anabella Wusinowski, Graciela Godoy y Maria Casas
La música tradicional, esa que de a ratos parece olvidada, se combina con la gente que baila hasta transpirar o hasta terminar la empanada y el vaso de vino, en un sinfín de chacareras y zambas. En la localidad bonaerense de Hurlingham, en medio de la fiesta, Estela Massi imagina un escenario y sube a desplegar todo su potencial a través de sus canciones.
“Acá no hay escenario y cantas con la gente como si estuvieras en el patio de tu casa y yo creo que eso es lo mejor: estar con la gente como en casa, con un mate de por medio, las verdaderas peñas no son ni más ni menos que reuniones familiares”. A todo trapo es la peña en la que ella y otras tantas personas hacen honor al nombre que embandera el evento. Además de cantar bien, Estela habla claro, tan claro como la locutora que es y tiene dos programas de radio.
“Mi nombre es Patricia Jiménez y los otros integrantes de la banda son Gabriel Quiñones y Oscar Ferreira. Gabriel se dedica a enseñar guitarra y bombo, Oscar es plomero y gasista, y yo masoterapeuta y masajista.” Así se presenta esta cantante de peñas porteñas cuyo inicio folklórico fue “en la panza de mamá” y que a la hora de hablar de la preparación que el oficio le demanda, explica: “ensayamos 15 horas semanales, el resto del tiempo se lo dedico a mi trabajo y mi familia. Es sacrificado, sin embargo, cuando subís al escenario, el amor y el calor que te da la gente es gratificante”.
Cantar. Con o sin escenario; en un patiecito de tierra o en algún lugar más ambientado; entre vino, tortilla, empanadas, baile, los jóvenes y los mas chicos que se suman a la fiesta, a pesar del frío, del calor; con la guitarra a cuestas y la llama de los ancestros a través de la garganta de quien tiene el honor; para turistas, para amigos… en fin, de eso –y mucho más– se trata el oficio de cantar.
“La importancia de las peñas es la difusión de nuestra música, de tratar de que no mueran nuestras raíces”, explica Patricia, y agrega que el contacto con la gente “del mismo palo” enriquece la capacidad de cada uno de los artistas.
Por su parte, Estela reconoce diferencia entre las peñas, según el lugar donde se llevan a cabo. “La de Capital se realiza con un repertorio elegido, más suave y clásico y que trae al recuerdo: En las provincias es más bailable, bien arriba y cantar una canción tras otra”. Seguramente, las características de la peña capitalina tengan que ver en que “se trabaja mucho para el turista, y todo resulta más estructurado”.
En este sentido, en su relación con el público “el artista se mueve de otra manera”. En la ciudad los lugares son más chicos, mientras que en el conurbano por lo general se trata de patios de tierra “armaditos para bailar una zamba, una chacarera o un gato”. Acceder a los escenarios de Capital, para los artistas de peñas, es más difícil que presentarse en provincia.
“En el conurbano, tal vez golpeas el portón y con tu guitarra al hombro entras y cantas. En cambio en Capital se mueven con derecho a show”, explica Patricia.
Estas dos mujeres, por la mañana atienden familia, pacientes y oyentes- Pero cuando cae el sol se da lugar al artista y llega el momento de transitar el circuito de peñas estratégicamente diagramado, “cada uno viene con un instrumento, algunos con guitarras, otros con bombos”, cuenta Estela.
Aunque la esencia de estos eventos no es redituable, con el tiempo y al contemplar la opción de cobrar una entrada a los asistentes, se han ido transformando en un medio de vida para sus organizadores.
El cantar por vocación, se transforma en un oficio cuando hay un trabajo diario de ensayo y vocalización. Estela, recuerda que Mercedes Sosa le dijo una vez : “m’hija, el día que usted crea que no necesita más una profesora de música, o que no sienta lo que cante en el escenario, bájese, porque ya se ha terminado su tiempo. La preparación de un artista es algo que no debe acabar jamás”.
Muchas son las horas de ensayo, los músicos golondrinas, las noches de frío, los escenarios, la gente buena, las experiencias ingratas, los representantes, los artistas recién consagrados. Pero lo que queda en esos patios de tierra después de las presentaciones, además de la alegría de la gente y la polvareda del espectáculo, es el homenaje que los cantantes les hacen a los grandes maestros olvidados. Para Estela, el olvido es algo que no se compensa con una placa o un aplauso masivo en Cosquín sino con “la sangre nueva que entra al folklore, con escuchar a chicos jóvenes cantar algún tema de Atahualpa”. Y es precisamente ese el impulso que da vida a su oficio, el mantener viva la llama de los ancestros a través de su garganta.