Manufactura instrumental

Ahí donde Brasil empieza (o termina) como avenida y 24 de Noviembre, hay un portón antiguo y oxidado, detrás del que se esconde la casa de Andrés Jerónimo Morales. Un taller lleno de instrumentos musicales para reparar, materiales para construirlos y una cantidad importante de herramientas. Ahí recibe encargos de diferentes puntos del país y del exterior.

“Trabajo con muchos músicos cordobeses y muchos chilenos. Ellos me llaman y yo preparo el pedido”. Su rostro escupe aserrín amarillento y -en las uniones-, sus lentes guardan un relleno oscuro. Dos reglamentos envuelven a su taller:  el clásico ‘prohibido fumar’ y el metálico ‘se parla por obligación’. Su soledad es absoluta y su locura por la música es impresionante. “A toda hora escuchas tangos, folclores o boleros en mi 33 (un viejo pasadisco Winco)”, cuenta con orgullo.

Su laboratorio musical antes era el taller mecánico de un tío,. “En ese momento mi tío era tesorero de Barracas Central y el taller le quedaba lejos, entonces decidió regalarle a mi viejo la propiedad. Desde el ‘44 reside en Parque de los Patricios. “Aprendí a tocar la guitarra de muy pibe y creo que fue lo que me inclinó a ser un luthier. Con mis amigos tocábamos tangos.  Un día mi primo Hernán encontró una guitarra despedazada en frente de la sede del ‘Globo’ y me dijo si me animaba a arreglarla. Obviamente y eufórico por el desafío le dije que sí. Era una viola Martínez de muy buena calidad y madera. La reconstruí y se la devolví”, recuerda.

De ahí en más, ‘Jero’, se animó también a las arpas, charangos y varios instrumentos de cuerda. “Empecé a recolectar guitarras viejas, totalmente destruidas, y me compré varios libros sobre el armado de instrumentos musicales. Conocí a Germán ‘El Polaco’ Llodá, que tenía un taller de instrumentos de cuerdas en Mataderos. Él me enseñó tejes, trucos y maneras de acondicionar la madera terciada o de tipo. Es más, lo primero que aprendí fue que Para laburar bien y prolijo hay que tener las herramientas necesarias y ordenadas, eso me quedó hasta hoy. Acá no hay nada tirado por el piso”, comentó, mientras afirma que lo mejor es trabajar sereno y tranquilo, sin apuros.

 ¿Quiénes le encargan instrumentos?

Profesionales y aficionados serios. La diferencia es que a veces es preferible un aficionado serio como patrón que un profesional, porque tienen distintas actitudes.  El experto ya tiene cosas inamovibles en su estructura mental que a mí me quita cierta libertad a la hora de trabajar.

 Últimamente me encargan muchas guitarras desde Suecia, Noruega y Finlandia. Igualmente, tengo mis grandes clientes de Córdoba y Santa Fe. Lo peor de la fabricación de guitarras es hacer el sistema de baretas y barras armónicas y su disposición, medidas y número, que luego son las responsables de distribuir correctamente la vibración de las cuerdas por toda la tapa armónica. Sin embargo, lo que más me molesta es hacer los listones de pino abeto alemán. Esto es artesanal. Nohay máquinas, sólo la lijadora y las prensas. Ese es el motivo por el cual hay una gran confusión. Luthiers y fabricante de instrumentos es lo mismo. Ahora ¿por qué los que se consideran luthiers se alejan de los fabricantes artesanales de instrumentos? Son lo mismo, por eso yo me considero fabricante de instrumentos de cuerdas. El luthier es una agrandado con prestigio.   

¿Hay que ser músico para ser fabricante de instrumentos de cuerdas?

No obligatoriamente. Stradivarius por ejemplo no era músico en el sentido de que no salía a tocar, pero hay una cosa que es comprensible, tampoco un gran músico va a ser un gran constructor porque no tiene tiempo. Pero hay que tener conocimiento de música, hay que saber como se maneja cada instrumento que uno hace. Por una razón muy sencilla, si yo no lo puedo probar, entonces no puedo entregarlo al dueño porque no sé si está bien o está mal.

En mi caso, yo no sólo hago violines o guitarras o laúdes. Hago muchísimos instrumentos más. Y de todos ellos, que tienen afinaciones distintas, diferencias de funcionamiento y de ejecución; hay que poder tocar algo.

¿Qué hay que saber para ser luthier?

Muchas cosas. Porque esta es un disciplina multidisciplinaria. Porque uno necesita desde conocimientos básicos de física hasta conocimientos de química porque uno trabaja con sustancias preservantes, que endurecen o ablandan la madera. Hay que saber de agronomía, de botánica, mínimo. Tener nociones de metalurgia. También hay que saber de dibujo, y de historia del arte cuando se trabaja con instrumentos de tipo histórico. Porque, por ejemplo yo no puedo hacer una decoración en una vigüela española, supongamos vikinga. Una vigüela española lleva una decoración mozárabe. Y desde ya de música.

¿En cuánto tiempo termina un instrumento?

El tiempo que me lleva armar, ensamblar y terminar un instrumento es un poco más de un año. Y, según el tipo del que se trate, algunos hasta dos o tres años. En el caso de un violín por ejemplo, barnizarlo lleva aproximadamente 3 o 4 meses.

‘Jero’ además construye  Viola d’amore, ukulele, timple canario, timple colombiano, guitarra portuguesa, bandurria, dulcimer, mandolina napolitana, entre otros. Dicen que su vida es la música, pero como él lo relativiza: “si en las melodías no hubiera ejecutantes yo no existiría”.

Malas experiencias

“Siempre trabajé en esto. Lo peor fue que reiteradas veces fui acosada por tipos grandes algunos muy viejos. Un asco. Llamaban para pedir cualquier boludez y cuando llegaba me insinuaban cosas como quedarme a pasar la noche, a veces hasta por plata y uno llego a ofrecerme un auto, salí corriendo era muy feo (risas). Por suerte nunca me hicieron nada grave”.

Adriana (27)

Un empleado ejemplar

“Lo mas extraño que me pasó fue que una vez una chica pidió una pizza y quería que se la lleve yo. Cuando llegué al departamento estaba en ropa interior y me invitó a pasar la noche con ella. Como un tarado le dije que estaba trabajando y que volvía mas tarde. Regresé desesperado y no me respondió el portero. Me quería matar. Aprendí la lección, la próxima no voy a decir que no”.

Edgardo (23)

Sexo, pizza y robo

-“¿Pizzería?”.-“Hola, quería hacerte un pedido”.- “Decime”.- Dos de muzzarella, dos de jamón y morrones, cinco docenas de empanadas de ricota y roquefort…ah y siete porciones de fritas”-.

Arranca la moto.  El pedido va en camino.

Deliverys, un mundo del que poco se sabe pero dell que nadie permanece ajeno. Quién no ha pedido alguna vez una pizza, un café, un helado o una picada. Las personas esperan ansiosas al repartidor, conocido o no, quien deberá saciar su hambre. Pero cómo es realmente el trabajo de estos chicos que tienen entre 15 y 30 años y que muchas veces arriesgan su vida por una grande de muzzarella.

No es un trabajo como cualquier otro, trabajan entre diez y doce horas por día y ganan un promedio de 900 a 1300 por mes, más propinas. Hasta ahí, todo parece tranqui.

Lo curioso, y a veces también peligroso, es a qué lugares han tenido que llevar los pedidos.

Martín de 19 años recuerda entre risas: “trabajo en la zona de Congreso, una vez encargaron siete pizzas individuales, algo bastante raro, y me dieron la dirección de un telo, cuando fui creí que lo tenia que dejar en recepción pero me hicieron llevarlo hasta la habitación.Todavía estaba asombrado, cuando toque la puerta y me abrió una mina totalmente desnuda, me quedé tildado mirándola, no pude ver mucho adentro pero parecía una fiesta.

Algunos reparten a pie, pero la gran mayoría anda en moto, un riesgo que aumenta en los deliverys del conurbano bonaerense, mucho más expuestos a sufrir un robo que los de Capital.

Un informe realizado en base a datos aportados por distintas comisarías reveló que seis de cada diez repartidores son asaltados en el conurbano y que sólo dos llegan a hacer la denuncia.

Los repartidores aseguran que muchas veces les da miedo llevar el pedido pero, que  si no lo hacen pierden su trabajo.

 “El primer año que empecé me robaron 17 veces, la última vez se llevaron la moto y ahí me quedé si laburo”, cuenta Pablo (19)  quien supo trabajar en un delivery en una pizzería de González Catán.

No todo es pizza y asaltos. En el suburbio del rubro aparece Julián, un estudiante de psicología que trabaja en Once como repartidor en una heladería para -según él- poder bancarse la carrera. Asegura que desde que trabaja en esto muchas chicas quieren salir con él sólo para comer helado gratis. “Las mujeres son muy interesadas, ya voy a encontrar alguna que odie el helado”, sentencia.Alberto, de 27, es paraguayo y se encarga del café. Es de , esos que no se sabe cómo logran llevar la bandeja en una sola mano mientras atraviesan el éxodo porteño, todo sin volcar una sola gota. “Fue el primer trabajo que conseguí cuando llegué a Buenos Aires. En Paraguay estudiaba profesorado de Matemática pero acá no me queda tiempo, termino fundido”

Llegan a todo tipo de lugares. Desde una morgue hasta un sexshop y son los encargados de hacer callar los crujientes ruidos de la panza.

Las exigencias no son muchas, pelo corto, afeitado, ropa limpia y puntualidad y todos coinciden en algo: “si pudiera conseguir otra cosa no lo dudo y me voy pero por ahora es lo que hay”.

 

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