-“¿Pizzería?”.-“Hola, quería hacerte un pedido”.- “Decime”.- Dos de muzzarella, dos de jamón y morrones, cinco docenas de empanadas de ricota y roquefort…ah y siete porciones de fritas”-.
Arranca la moto. El pedido va en camino.
Deliverys, un mundo del que poco se sabe pero dell que nadie permanece ajeno. Quién no ha pedido alguna vez una pizza, un café, un helado o una picada. Las personas esperan ansiosas al repartidor, conocido o no, quien deberá saciar su hambre. Pero cómo es realmente el trabajo de estos chicos que tienen entre 15 y 30 años y que muchas veces arriesgan su vida por una grande de muzzarella.
No es un trabajo como cualquier otro, trabajan entre diez y doce horas por día y ganan un promedio de 900 a 1300 por mes, más propinas. Hasta ahí, todo parece tranqui.
Lo curioso, y a veces también peligroso, es a qué lugares han tenido que llevar los pedidos.
Martín de 19 años recuerda entre risas: “trabajo en la zona de Congreso, una vez encargaron siete pizzas individuales, algo bastante raro, y me dieron la dirección de un telo, cuando fui creí que lo tenia que dejar en recepción pero me hicieron llevarlo hasta la habitación.Todavía estaba asombrado, cuando toque la puerta y me abrió una mina totalmente desnuda, me quedé tildado mirándola, no pude ver mucho adentro pero parecía una fiesta.
Algunos reparten a pie, pero la gran mayoría anda en moto, un riesgo que aumenta en los deliverys del conurbano bonaerense, mucho más expuestos a sufrir un robo que los de Capital.
Un informe realizado en base a datos aportados por distintas comisarías reveló que seis de cada diez repartidores son asaltados en el conurbano y que sólo dos llegan a hacer la denuncia.
Los repartidores aseguran que muchas veces les da miedo llevar el pedido pero, que si no lo hacen pierden su trabajo.
“El primer año que empecé me robaron 17 veces, la última vez se llevaron la moto y ahí me quedé si laburo”, cuenta Pablo (19) quien supo trabajar en un delivery en una pizzería de González Catán.
No todo es pizza y asaltos. En el suburbio del rubro aparece Julián, un estudiante de psicología que trabaja en Once como repartidor en una heladería para -según él- poder bancarse la carrera. Asegura que desde que trabaja en esto muchas chicas quieren salir con él sólo para comer helado gratis. “Las mujeres son muy interesadas, ya voy a encontrar alguna que odie el helado”, sentencia.Alberto, de 27, es paraguayo y se encarga del café. Es de , esos que no se sabe cómo logran llevar la bandeja en una sola mano mientras atraviesan el éxodo porteño, todo sin volcar una sola gota. “Fue el primer trabajo que conseguí cuando llegué a Buenos Aires. En Paraguay estudiaba profesorado de Matemática pero acá no me queda tiempo, termino fundido”
Llegan a todo tipo de lugares. Desde una morgue hasta un sexshop y son los encargados de hacer callar los crujientes ruidos de la panza.
Las exigencias no son muchas, pelo corto, afeitado, ropa limpia y puntualidad y todos coinciden en algo: “si pudiera conseguir otra cosa no lo dudo y me voy pero por ahora es lo que hay”.