Un lugar llamado Flandria

Por Maria Casas, Soledad De Vito y Soledad Di Meglio

De paseo por Luján, su basílica no es la única atracción. Existe una vieja villa industrial que se mantiene viva gracias al calor de su gente. Se trata de un pequeño pueblo dentro de la localidad de Jaúregui conocida como Villa Flandria, donde tradición y actualidad se entremezclan a través de una fábrica que cerró sus puertas en el ’96, una banda que ya tiene más de 80 años y un equipo de fútbol son los orgullos de la gente de allí.

     “Bienvenidos al Parque Industrial Villa Flandria”, reza un pasacalle que descansa sobre unas rejas negras, detrás del que se levanta el predio donde alguna vez estuvo la vieja fábrica belga de algodones que dio nombre al pueblo y que hoy está poblado por son varias Pymes textiles que funcionan en esa zona industrial, aunque la antigua Algodonera Flandria S.A. es recordada con cariño por los habitantes del lugar.

     A pocos metros da la fábrica, otro cartel anuncia el comienzo del bosque, un lugar para conectarse con la naturaleza, que fue pensado como sector de descanso para los obreros de la fábrica y  hoy es, simplemente, un lugar para pasear y disfrutar del verde, las ardillas y del río Luján que discurre por  el linde del bosque.

Siguiendo el camino, del otro lado del puente se levanta el corazón del pueblo, conformado por las casas que levantó Julio Steverlynck, ‘don Julio’ para los más viejos, y que se mantienen en pie junto con los recuerdos de aquella época en que la algodonera era la vida de muchos.

La vieja parroquia y la escuela fundadas por la década del ’30 se muestran orgullosas de su historia.                 

     Más allá, se ve uno de los grandes orgullos del pueblo, el Club Social y         

Deportivo Villa Flandria, hogar del equipo

de fútbol que se abre camino en la B. Sin embargo, el club está lejos de ser el único     

icono del lugar, un espacio que comparte con una

banda de música tan antigua como el pueblo.

Creada por el mismo ‘don Julio’ e integrada en su mayoría por ex obreros de la fábrica, Rerum Novarum, cuenta mejor que nadie la historia de la villa.

     Un lugar para la familia, mezcla de cuidad y campo, donde el pasado está siempre latente y  en el que la costumbre de tomar mate en la vereda y dormir siesta se mantienen y mezclan con los ruidos de las pocas fábricas que aún funcionan.