Por Sheila Lis, Nicolas Scolnic y Dario Raznoszczyk
Corrían los ´70, y Juan Carlos Figueroa llevaba el dinero a su casa y mantenía a su familia. Era querido y respetado en la empresa que trabajaba. Si bien no sobraba mucho, vivía bien. Para 2005 las cosas habían cambiado: esa empresa en la que se sentía querido, había cambiado de dueños y Juan Carlos ya no era respetado como antes, una actitud que se extendió a su hijo Mariano, quien entró a la empresa gracias a la ayuda de su padre.
Los Figueroa son sólo una parte de las casi cien familias afectadas por la fuga de los dueños del frigorífico Torgelón, en abril de este año. Esa fuga motivó a varios de sus trabajadores a tomar el establecimiento y a transformarlo en una fábrica recuperada más.
Desde su fundación en 1910, fue un símbolo de La Paternal, y llegó a ser una de las empresas más importantes dentro de este rubro, al punto que su nombre se convirtió en sinónimo de jamones. Durante tres generaciones, se caracterizó por ser una empresa familiar en la que el trabajador era respetado.
La cuarta generación, vendió el frigorífico a “unos empresarios que no tenían ni idea del rubro”, cuentan los trabajadores.
Para entender los problemas de hoy, hay que remontarse a febrero de 2005 cuando los nuevos propietarios tomaron el control de la empresa. Su primer medida fue hacer una ‘limpieza’ del personal, para “reducir costos”. Meses después la empresa se transformo en un verdadero caos, las cuentas no cerraban, ya no se producían ganancias y un día se fugaron. Atrás quedó un vendaval de deudas y todos a los empleados sin sueldos y sin trabajo.
El espíritu de Torgelón es uno de los argumentos para la pelea que los empleados llevan día a día para que la empresa pueda seguir adelante. Juan Carlos Figueroa explica “los anteriores dueños nos trataban muy bien, cada fin de año nos daban una remuneración que se llamaba ‘pan dulce’, que era un agradecimiento por todo lo que nosotros dábamos por el frigorífico, nos hacían sentir parte”.
También recuerda que para él, el frigorífico era su “segunda casa”. En el otro extremo, su hijo, marca otra diferencia con la antigua modalidad de trabajo: “antes había un señor que llevaba las cuentas de todo el frigorífico en un solo cuaderno, después pusieron un sistema computarizado que en vez de avanzar causó un retroceso en la forma de administrarse, lo casero y lo simple hacía todo más fácil que lo tecnológico y complejo”.
La antigua fachada se viste hoy de inscripciones en aerosol con los nombres de los responsables del conflicto y consignas que fomentan la lucha por conservar el lugar. Adentro hay máquinas que, pese a sus años, funcionan a la perfección.
Actualmente, Torgelón sólo ocupa el 13 por ciento de la capacidad instalada.
Todo se hace a pulmón: por las inmediaciones un grupo de obreros vende los productos que elabora a taxistas que andan por ahí o a las amas de casa que con su carrito los eligen antes que al hipermercado.
¿Qué papel juega la sociedad en este conflicto? Víctor Sena, delegado de la cooperativa que están organizando los trabajadores y que trabaja allí hace trece años, cuenta que “la gente muestra sus signos de apoyo acercándose a los puestitos que tenemos en la calle” y agradece a “algunos mayoristas” que “ayudan permanentemente para que la empresa siga en pie”.
Durante el conflicto mucha gente quiso sacar partido, varios políticos se acercaron para aparecer en algún medio, por su lado el Ministerio de Trabajo ofreció que los obreros trabajen en el Mercado Central, pero esta no es la idea de la cooperativa.
Los trabajadores no dejaron nada al azar y se organizaron de forma tal que el frigorífico esté siempre ocupado Trece los trabajadores se turnan noche tras noche para quedarse a dormir y se reparten tareas: algunos se ocupan de la producción de la materia prima, otros atienden el teléfono y a proveedores en la recepción de la fabrica; otros venden en la calle.
“Para trabajar realmente como queremos necesitaríamos 100 empleados, hoy somos 35 pero entre todos nos organizamos de una forma en la cual podemos seguir adelante con nuestro proyecto”, explica Sena, quien comenta que no espera mucho del gobierno, pero sí del juez que sigue la causa.
“Queremos mostrar a través de la cooperativa que la empresa sigue en pie, es nuestro deseo y nuestra esperanza. Este es nuestra forma de vida desde hace muchos años y no queremos dejarla. Es algo que el juez debería comprender”.
En algo que concuerdan los trabajadores es que los valores del “viejo Torgelon” volvieron a aparecer con la cooperativa.
“La crisis pegó duro por el lado económico pero en el sentido social nos enseño a unirnos y a enfrentarnos a las adversidades pese a los malos tiempos que estamos viviendo”, se enorgullece Figueroa, quien acusa 70 años, pero tiene mucho por pelear. Es que de eso se trata el asunto, de luchar y de mantener vivos los valores.