Un angel para tu soledad

Por Aldana Tersitano, Eliana Reynoso y Yemina Areyano

Cuando uno escucha la historia de Claudio “Pocho” Lepratti, piensa que su matador, el  oficial Esteban Velásquez merece pudrirse en una cárcel sin, ni siquiera, a llegar a ser beneficiario del descanso de la muerte inmediata.

    Claudio dejó la carrera de derecho a los 20 años para ingresar al Instituto Salesiano de Funes, en Santa Fe, años mas tarde, ante la negativa del instituto de participar en villas de emergencia, Lepratti decidió alejarse, porque pensaba que “la gente no podía esperar.” Desde ese momento, mientras estudiaba teología junto al padre Edgardo Montaldo, coordinaba talleres para niños.

Así, poco a poco logró formar ‘La Vagancia’, un grupo juvenil que tenía como objetivo reclamar y defender los derechos de los jóvenes, Pocho logró acercar el arte a estos adolescentes que fueron excluidos de toda  educación.

    “El trabajo nos hace ascender como personas, mientras que la falta de trabajo nos insita a la violencia, a la droga y a la delincuencia”, predicaba. “Él había hecho votos de castidad y pobreza. El único que no mantuvo fue el de la obediencia”, explica Natalia Martín, integrante del centro comunitario bautizado como Bodegón Kultural la Kasa de Pocho.

    Este joven de gestos tímidos y mirada limpia murió durante las violentas jornadas de diciembre del 2001, cuando una bala impactó en su tráquea.

 Cuentan que Pocho estaba en el techo de la escuela, cuando pronunció sus últimas palabras, que más tarde fueron perpetuadas en una canción de León Gieco, “bajen las armas que sólo hay pibes comiendo”.

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